11.30.2009

30 de noviembre
Un mundo de fe, progreso y esperanza

La línea del tiempo en que moramos se extingue segundo a segundo, imagen tras imagen el presente se incinera a sí mismo, a una velocidad incomprensible para la razón. En fín, el presente no cesa de desaparecer, es casi inasequible. Así, pareciera que vamos en movimiento, que caemos (o ascendemos, si la gracia de ese dios que está siempre arriba nos llama) por la vertiginosa resbaladera del tiempo, o la vida, en abrupto accidente. Quizá el tiempo se nos cae encima - las horas pasan agotando la vida, erosionando nuestra condición. Cuando fui niño mantuve una intermitente relación postal con mi abuela, aunque vivíamos en la misma ciudad ella me enviaba una carta al mes en la que pretendía hablarme de la vida, saltándose la censura de mis padres. De entre de los lugares-comunes quasi bíblicos que eligió para intentar indoctrinarme, recupero este breve fragmento: "la vida es deslizarse a través del cauce de un río con corriente, puedes intentar ir hacia atrás, pero la ansiedad de la corriente por desembocar en el mar terminará por impedirtelo. Así que, a veces abrumado por el peso del tiempo, intentarás echar un vistazo sobre el trecho navegado pero el borroso velo de la confundida memoria humana te presentará una imagen fascinante del viaje. Recordarás algunas cosas, con nostalgia si acaso", escribió en una de sus misivas.
Con alevosía y ventaja, la abuela sentaba en mí las bases fundacionales de esta agonía que me extingue: la visión progresiva con la que concibo lo evidente, y la cristiana pasión por la esperanza; la fe la desarrollé yo solito, años más tarde, ya embrutecido por la edad y engañado por la imagen.

Esperar parece ser parte esencial de nuestra condición.
Posiblemente esa fuera la razón por la que durante tantos años detestara a los que no sabían, o no disfrutaban, esperar. Esperamos la noche (algunos, la mayoría esperan la llegada de la mañana), a que pase la hora, a que llegue el amor, a que deje de hacer frío. A la espera de lo que pasará, del fin del mundo, del súbito arribo de la fama, del dolor, se nos pasan los días. Sobre la proa del tiempo, esperamos invidentes el mañana, lo que vendrá. Nuestra historia se cuenta a través de una madeja de historias, a veces deshilachada sí, que recordamos, casi siempre, como una confusa sucesión de eventos y accidentes.

.en realidad, vivimos en un Presente Eterno, variable pero fijado ahí siempre, que casi nunca percibimos como la aterradora jaula de la fugaz realidad que nos apresa, que nos desmenuza el cuerpo hasta que nos desaparece

29 de noviembre

Cerrada Chapultepec, Fraccionamiento Tepetzintla, Colonia Luz Obrera, Puebla, México.

He caído, a mi regreso a México, casi por accidente, en una colonia de bárbaros. Según Rosebud, es un nido de serpientes. Yo los veo como un grupo homogéneo de primates, poblanos, sumamente ornamentados que con religioso rencor defiende el derecho de la mayoría a aplastar a quien se oponga: “lo votamos en la junta, la mayoría lo decidió”, se justificó uno de los líderes - echándome una de esas miradas que sólo los cristianos, con su corazón lleno de hipocresía y pensamientos confundidos, pueden aventar.

Ahora les ha dado por cerrar la calle, imponer una puerta eléctrica a la entrada de la ‘cerrada’ donde vivimos. Intenté explicarle, con miedo a que terminara por escupir en mi cara, que lo más importante era defender el derecho de los pocos que nos oponíamos al 'cierre de la cerrada' - algo que podría parecer confuso pero que quien conoce de mitologías de calles poblanas seguramente logrará entender. Intrigas, Chismes, Rumores, Preguntas, Mentiras, Miradasenvidiosas, Alcoholismo, Frustración, Pretesión, son los apellidos de las familias que habitan Cerrada Chapultepec de la Colonia Luz Obrera, muestra socialmente microscópica de la vieja Puebla anestesiada.

11.24.2009

"siempre se puede cambiar de camino... en cualquier momento de la vida", me susurró Rosebud, como sin querer, en medio de un intempestivo silencio.

10.30.2009

30 de octubre
.después de no verla desde 2006, hoy, seguro, se me vuelve a aparecer entre los sueños
.camino a las oaxacas

9.28.2009

28 de septiembre

Tengo un viejo guardado en un clóset

Cuando llueve torrencial le abro las puertas

Me cuenta que las lluvias lo único que hacen

es hablar de los años, asesinas de bugambilias

Un día unos hombres malos tocaron a la puerta

del zaguán

Se robaron nuestra casa y construyeron un castillo,

(sendas columnas de cemento barato anuncian la entrada)

A veces, cuando llueve fuerte, me arrastro hasta una de las

compuertas

enciendo un cigarrillo y me siento a ver llover, cojo la escoba

y hago montoncitos de hojas mojadas

Las bugambilias de las que habla el viejo siguen ahí, cayendo

con las lluvias… me dan ganas de abrir las puertas y encontrarme

buscando al viejo dentro del clóset

Mas ya todo está podrido, los recuerdos quedaron intactos, las lluvias

ya sólo vienen a destruir las imágenes

Cae a cuenta gotas el agua por el desague, escucho las voces del pasado

y las burbujas que se crean en el piso, sobre el moho, me recuerdan, brevemente

la poesía de otros días… relampaguea y éstas escapan hacia el drenaje

Yo no creo en lo que me cuenta, no creo que las lluvias cuenten los años

quiero imaginar, obstinado, que las lluvias siempre están ahí y que las memorias en burbujas nunca se ahogan.

Meto la mano en el lodo y de entre las raíces de la bugambilia saco una rana

es una vieja, muy verde que antes de escapar, como lo tenía planeado desde siempre, canta, canta como rana que repta y salta

ahora sólo me queda salir a bailar sobre la lluvia seca – me mojaré de las gotas de ayer.

9.27.2009

27 de septiembre (sigo en el futuro)

Llegamos a Khajuraho cerca del crepúsculo.

El anaranjado del cielo me recordó lo atardeceres del valle en el que nací, de frente al Popocatépetl. Una manada de búfalo acuático emergió de entre las aguas de un estanque verdoso, al otro lado de la acera - habían buceado desde la pradera de enfrente. Unas cuantas cabras cruzaron camino con los búfalos; uno de ellos aparentó arremeter contra una cabrita que se separó de la manada.

Atravesamos un campo que parecía propio para la práctica del futból llanero pero donde el cricket era dueño de las emociones. Dos hombres, de barba entrecana, de unos 50 años se acercaron en unas motocicletas Yamaha 250 rojas. El contraste entre el esmeralda de los ojos del que nos habló y lo oscuro de su piel me hizo pensar en lo multicolor de la mezcla entre las sangres afgana y dravidiana en el norte de la India. Los rechacé y caminé alejándome de la mirada celosa – y coqueta – de un macho de bubalus bubalis.

Escapábamos del monzón; venía tras de nosotros, reviviendo al continente. Llegamos a un Ashram, un refugio casi erótico donde descubrimos ranas azules, libélulas parlanchinas y moscos de los malos aires. La primera noche la pasamos febriles, ahogados de deseo, intentado apagar una pasión mucho más que pélvica, casi incandescente; intentando comer, devorar al otro. Las picaduras de los moscos, el monzón tocando a la ventana con sus millones de palomillas luminiscentes, los temibles pericos come-cabras, las alimañas de mil pies – que si las pisas se convierten en mariposas arcoíris, las únicas venenosas – no nos amedrentaron al momento de olvidarnos, de derretirnos en sexo envuelto de vueltas y volteretas con aroma de sándalo y un grupo de monos que, a manera de una espectacular audiencia depravada, se asomaban por la ventana: hay un cierto entendimiento animal en cuanto al sexo entre ellos y nosotros, no llega a deseo, creo.

Nos contagiamos de la locura de la vida, en el festival de las sanguijuelas y los batracios de piel oscura que juegan a ser dioses de los monos del Oeste. Las fiebres índicas nos llevaron por el camino de Madhya Pradesh a perdernos en el deseo, a experimentarlo todo.

Pocos días después la disentería le quitaría lo romántico a la fiebre.

9.25.2009

26 de septiembre

Tengo la cafeína por los ojos, los espacios muertos: verdes claveles disfrazados de jacarandas.

Ya no me derramo; ahora me deshago, el viento se me lleva el polvo: me deshace Castillo. Estoy hecho de papel, no pretendo grandeza sólo espacio. Lo único que deseo es caminar entre mis sueños que son purpúreos, como las jacarandas que se esconden adentro de la tierra por meses.

Sueño que manejo a través de flamboyantes gulmohares en relucientes avenidas llenas de cascadas de piedra y cráteres de saliva. Sigo perdido.

Las preguntas se avienen, no hay respuestas.

Todas las hojas púrpuras del mundo.

25 de septiembre
En un cuarto de Jodhpur dejé todas mis pertenencias.

9.24.2009

23 de septiembre

China es una civilización en constante cambio, en reforma, que vive en medio de una revolución. La velocidad y la magnitud de este cambio es delirante. Es un cliché hablar de cómo ha cambiado esa nación en los últimos 30 años: las tres décadas de Reforma y Apertura. El cambio chino -un proceso desorganizado que alterna las destrucción, construcción, reconstrucción con la redestrucción - no sigue la dirección linear del progreso (como es entendido en ocasiones en Occidente), aunque el gobierno comunista chino se encarga de difundir la idea de que la destrucción del pasado chino, ese abrupto cambio que convierte hutongs en rascacielos, sigue las guías de la 'racionalidad científica'.
El cambio en China, la fragilidad de la realidad - o lo que se sospeche como ella -, es quizá de entre los ejemplos contemporáneos que uno pueda encontrar el más irracional: quizá de una irracionalidad científica.
Un ejemplo simple. Cuando trabajé en el Centro de Información de Internet en China rápidamente encontré varios lugares donde podía disfrutar opciones culinarias medianamente buenas, aceptables.
Durante unos dos meses frecuenté un restaurante de precios medios que servía un buen pollo Kung Pao (gong bao) y en el que el dueño y la administradora me recibían siempre con una sonrisa sincera. El cálculo de la cuenta solía ser errado, señalarselo en cada ocasión hizo que la administradora me agarrara cierto cariño, o respeto.
Una vez, después de unos días de reposo fuera de Beijing, regresé buscando con ansiedad el tan característico pollo. Me encontré con un restaurante remodelado, el personal era diferente, con nuevos menús, otros meseros, platos más elaborados, precios más altos, con todas las ventanas tapiadas y con una oscuridad fluorescente mezclada con un extraño olor que provenía de una pecera que contenía algunas carpas y ranas; algunos de los batracios flotaban panza arriba. No había Kung Pao. Me retiré.
Dos semanas después, ante la falta de otras alternativas por causa de una fiesta nacional, decidí darle una segunda oportunidad al nuevo restaurante: otra vez el personal era otro, destapiaron las ventanas, el nombre cambió, ahora todas eran meseras (recién llegadas del sur de China), olvidaron elaborar un menú - uno tenía que saber lo que quería comer y esperar a que el cocinero tuviese los ingredientes. Volví a intentar con el Kung Pao y tras recibir un aviso de que sí había pero que por fuerza debía pedir dos platos (porque de lo contrario el negocio 'no les salía' - no era viable) decidí retirarme, molesto.
Una semana después pasé frente al establecimiento y lo encontré en ruinas. Algunos albañiles retiraban ladrillo por ladrillo las paredes interiores y otros estaban en cuclicllas fumando unos HongHe rojos. Ya ven, me dije con cierta rabia, por no saber administrar.
Cuatro días más adelante, contra mi voluntad, fui llevado de la mano al interior de un novedoso restaurante que había resurgido de entre las ruinas. Ahora la iluminación era sana, los batracios muertos ya no estaban, las meseras del sur fueron enviadas de vuelta a sus villas y el Kung Pao era uno de los platos principales. El sabor perfecto. Uno de los meseros del restaurante original se había convertido en el gerente, cortándole la cabeza a la administradora de las sonrisas amables. "Ella ya no está, después de la quiebra se fue para su pueblo... ahora yo estoy de regreso. Te esperaremos por aquí todos los días", me explicó alegremente mientras presumía de sus nuevos menús y los coloridos manteles: "son hechos a mano, por mujeres de Yunnan".
Una semana después, tras percatarme de que un grupo de albañiles retiraba el letrero "Antojitos de Yunnan", me acerqué para ser recibido por la antigua administradora que, sonrientemente, me llevó a una mesa y me preguntó si lo que quería era un Kung Pao. Los manteles hechos a manos por las mujeres del sur ya no estaban. Desde atrás de una ventana, el dueño original me gritó: "nos fuimos pero volvimos". Cuando salí del restaurante los albañiles terminaban de instalar el nuevo letrero "Comida Casera". Hemos regresado a la normalidad, me dije.
El periplo aconteció en menos de dos meses.
La dinámica del cambio hoy día en China no sólo está vinculada a las fuerzas del mercado - los cuatro restaurantes gozaron de una clientela cautiva, la que trabaja en el mismo edificio que yo - sino también a una serie de variables inestables que se definen tras acuerdos un tanto oscuros y fuerzas laborales y de grupo que son dificilísimas de definir o explicar. Ante los ojos de un extranjero: la irracionalidad del cambio. En la opinión de Zhang Kuo, uno de mis amigos chinos: ¡Es la pura locura!
Así, también, el desarrollo y el progreso y contraprogreso chinos.

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